Sant@s y Beat@s Vicentinos

Beato José Ardil Lázaro - Seglar, Hijo de María de la Medalla Milagrosa 6 de Noviembre

Beato Vicentino

Nacimiento: Cartagena (Mu) 18/08/1914

Padres:         Antonio y Pastora

Bautismo:    Cartagena, Parr. Sgdo. Corazón 19/08/1914

Martirio:        Cartagena (Mu) 22/09/1936

FORMACIÓN Y APOSTOLADO:

 Ardil era párvulo externo de la Casa de Misericordia cuando la Asociación de Hijos de María se estaba iniciando.

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   Durante sus veintitrés años de vida sacerdotal, trabajó en Caravaca, Las Torres de Cotillas, La Unión, Lorca, Roldán, Águilas y Totana. Hay dos rasgos distintivos de la personalidad de D. Juan José, fruto de su relación íntima con el Señor: Su exquisita caridad y el amor a la liturgia.

Todas las virtudes brillaron con mayor esplendor en la última temporada de su vida, especialmente en la cárcel donde se preparó con la máxima delicadeza al encuentro con el Señor, en unión de sus dos compañeros: El P. Acosta y D. Pedro José Rodríguez Cabrera. 

MARTIRIO: 

Clausurado el templo parroquial, el 25 de julio, los marxistas del pueblo lo tenían estrechamente vigilado en el domicilio familiar, si bien ejerció secretamente el ministerio sacerdotal donde quiera que fuese solicitado. Con la ayuda de dos jóvenes piadosos procedió D. Juan José a sacar y esconder cosas de la iglesia por la noche, para lo que tenían que saltar una tapia. Le dolía dejar perder por completo imágenes, ornamentos, vasos sagrados y demás enseres del culto, que aún pudiesen quedar dentro de la hermosa iglesia parroquial de Totana, que ya había sido incendiada y devastada.

 Allí le prendieron los marxistas el 23 de agosto, a las 5 de la mañana. Lo llevaron a las afueras del pueblo, le pegaron una gran paliza, y sin apenas poder tenerse en pie y todo ensangrentado y amoratado lo metieron en la cárcel y ya no le sacaron. 


Su alma, reciamente cristiana, supo encontrar en el mismo sufrimiento un manantial inextinguible de sobrenaturales alegrías.

 He aquí tres rasgos significativos: Una tarde que lo habían tenido una hora de rodillas y con los brazos en cruz, mientras los milicianos se divertían con insultos y golpes, declaró a otro sacerdote preso. “Yo estaba rendido del peso de mis brazos y de tantas bofetadas, pero te confieso que jamás he sentido mayor alegría, porque estaba padeciendo por Cristo”. En una carta al párroco de Mazarrón le decía: “Ha venido por aquí una miliciana y me ha maltratado. Yo he gozado como nunca en mi vida, mientras ella me maltrataba. Si tú quieres, yo te diré lo que tienes que hacer para venir a la cárcel”.

 

Pocos días antes de morir, D. Juan José escribía al sacerdote que se había lamentado de no poder hacer nada por ellos: “No sientas pena alguna por nosotros. Estamos separados del mundo y entregados a Dios, obrando nuestra santificación. Por lo tanto, nuestra condición aquí no debe inspirar a nadie compasión, sino envidia. Tú has estado aquí poco tiempo y no puedes saborear las dulzuras de este lugar” Esto fue lo último que escribió. Lo mataron con el P. Acosta y D. Pedro José el 31 de enero de 1937.